01.03.2005 - EL CAIRO, LAS PIRAMIDES DE GIZA, SAQQARA Y MENPHIS


Nos levantamos a las 8:30 AM, mientras el sol se colaba a través del gran ventanal de nuestra habitación situada en la sexta planta del Marriott. Teníamos unas vistas preciosas, unas vistas que nos mostraban el Nilo —el omnipresente Nilo— y los altos rascacielos que lo acompañan en su discurrir por El Cairo. Elba, que dormía en la otra ala del hotel, en la séptima planta, poseía aún una mejor perspectiva de la ciudad, pues desde su balcón observaba perfectamente cómo se extendía la ciudad, el lento discurrir del río, el Gezira Club y la propia isla de Zamalek, donde nos encontrábamos nosotros y nuestro hotel.

 

Ya desde nuestro balcón, tanto Susana como yo podíamos observar claramente uno de los hechos más característicos y evidentes que hacen de El Cairo la ciudad que es: una ciudad marcada por profundos contrastes, por la convivencia de lo antiguo y lo moderno, por la carencia de multitud de cosas y la excesiva abundancia de otras; una ciudad que muestra una insaciable ansia por todo lo que procede del primer mundo, a la vez que defiende consideraciones morales de lo más retrógradas; la admiración y persecución de las mujeres occidentales frente al ninguneo de sus propias mujeres; una poderosa naturaleza junto al desprecio más absoluto por ella, reflejado en un nivel de contaminación exageradamente elevado, etc. Todos estos contrastes se vuelven aún más claros si consideramos el hecho de que son asumidos, sin cortapisa alguna, por la amplia mayoría de sus numerosísimos habitantes.

 

El Cairo, con casi 20 millones de habitantes de las más diversas procedencias, es consecuencia de un extraordinario crecimiento demográfico ocurrido durante el siglo pasado. Esto le otorga el título de ser la mayor ciudad del continente africano y un lugar donde se mezclan el arte egipcio y el arte islámico, donde existen cientos de mezquitas y minaretes, donde las calles son estrechas y encantadoras y el tráfico es tan impresionante como insoportable. Las consecuencias de esta superpoblación se reflejan en viviendas con niveles higiénicos pésimos, infraestructuras pobres, calles y aceras descuidadas y sucias… Sin embargo, y a pesar de todo ello, El Cairo es una ciudad dotada de una gran vitalidad y de multitud de encantos que la hacen digna de ver y de visitar.


La capital de Egipto está claramente diferenciada en dos núcleos separados por la colina donde se yergue la Ciudadela, construida por Saladino en el siglo XII. El Cairo Antiguo, al norte, es un lugar amurallado formado por un gran conjunto de casas antiguas, estrechas y serpenteantes callejuelas, multitud de bazares y unas 400 mezquitas de donde surgen las oraciones de los fieles. El Cairo Moderno, situado al noroeste, es completamente distinto y más parecido a las ciudades que conocemos: edificios modernos, amplias avenidas, zonas de oficinas y comercios y, por supuesto, tráfico —mucho tráfico— circulando por sus calles y por los “scalextric” tan típicos de esta ciudad

Acabamos de asearnos antes de bajar a desayunar al Omar Café, uno de los restaurantes del hotel y donde nuestra agencia nos tenía contratado el desayuno. Después de disfrutar de unas variadas y deliciosas viandas, así como zumos y café, nos dirigimos al autobús que nos llevaría al oeste de la ciudad, a la meseta de Giza, para admirar la única de las siete maravillas de la Antigüedad que todavía se mantiene en pie: las Pirámides de Giza, formadas por la Gran Pirámide de Keops, la pirámide de Kefrén y la pirámide de Micerino.

 

Nos dirigimos hacia el hotel Ramses Hilton para recoger a parte del grupo que se hospedaba allí, muy cerca del Museo Egipcio. Nuestro recorrido fue de lo más divertido, pues circular por las calles de El Cairo proporciona sensaciones únicas: nadie hace caso de los semáforos, las preferencias se negocian a base de bocinazos y las calles pertenecen tanto a los vehículos como a los intrépidos peatones que se aventuran por ellas… Llegamos sin novedad a nuestro destino y, después de recoger nuestra “carga”, nos encaminamos hacia las pirámides. Me llamó la atención cómo los taxistas hacían guardia a la puerta del hotel para vender sus servicios a los turistas; en ese momento, dos de ellos dormían rendidos en una esquina, vencidos quizá por las muchas horas de trabajo acumulado.

 

Nos aproximamos a las pirámides, situadas al suroeste de El Cairo. Conforme ascendíamos la pequeña cuesta que lleva a la altiplanicie, la imponente presencia de la pirámide de Keops nos iba sujetando intensamente, despertando nuestros sentidos, llamando nuestra atención y nuestra curiosidad. En el trayecto vimos a un policía turístico tranquilamente subido a lomos de un dromedario, uno de los muchos que allí había, velando por la seguridad de los turistas que deambulábamos por la zona.




Después de que nuestra pequeña furgoneta aparcara frente a la Gran Pirámide, junto a la entrada que conduce a sus entrañas, nos bajamos con gran ilusión por verla y tocarla. El acceso a su interior está muy restringido: solo se permitía la entrada a 150 personas al día, para protegerla y mantener un nivel adecuado de humedad.

 

La Gran Pirámide de Keops es la mayor pirámide construida en Egipto y la primera de las tres que forman el magnífico conjunto que contemplábamos. Esta maravilla fue construida con gran precisión en sus dimensiones. Sus cuatro caras, que en ese momento proyectaban su sombra sobre El Cairo, están orientadas a los cuatro puntos cardinales y poseen dimensiones prácticamente idénticas: aproximadamente 230 × 230 metros, formando un cuadrado perfecto. Como dije, ninguno de los tres accedimos a su interior.

 

Este presenta una serie de cámaras y corredores distribuidos de manera atípica, cuyo propósito aún no ha sido explicado con certeza por los arqueólogos. Destacan la Cámara del Rey, donde se encuentra el sarcófago de granito del faraón Keops, y la Cámara de la Reina. Es curioso que el sarcófago sea más grande que el corredor de acceso. Esto podría explicarse porque fue tallado en la propia cámara o introducido antes de que se completara la pirámide.


La altura original de la Gran Pirámide era de unos 147 metros y su construcción, que se prolongó unos 25 años, requirió dos millones y medio de metros cúbicos de piedra, traída en barcazas desde las canteras de Asuán por el Nilo. Estuvimos un rato subidos sobre algunas de estas piedras, sintiéndolas, haciéndonos fotos como los miles de turistas que allí encontramos. Recorrimos largo rato uno de los lados de la pirámide, embobados por sus dimensiones, hasta regresar al autobús para dirigirnos —entre los remolinos de arena que comenzaban a formarse— a un mirador situado en una zona más elevada desde donde se admiraban perfectamente las tres pirámides con la ciudad de fondo. Allí tiramos infinidad de fotos: a las pirámides, a cada uno de nosotros, juntos y por separado. También había puestos de baratijas y un nutrido grupo de camelleros ofreciendo paseos por un módico precio. Nadie del grupo se animó, así que regresamos hacia la pirámide de Kefrén, donde algunos decidimos entrar, entre ellos Elba y yo. Susana rehusó por problemas con los espacios estrechos y poco iluminados.

Antes de entrar, nos quedamos observando la pirámide. Parecía más grande que la de Keops, aunque originariamente fuera cinco metros más baja y sus lados quince metros más cortos. Además, aún conserva parte del recubrimiento original de piedra caliza. Todo esto, sumado a que la Gran Pirámide ha perdido unos diez metros de altura por la erosión y la ausencia de recubrimiento, y a que la pirámide de Kefrén se asienta en una zona ligeramente más elevada, produce la sensación de que esta última es más alta. También observamos que los bloques usados en su construcción no presentan una disposición tan cuidada como los de Keops: son irregulares y varían en tamaño y forma.


Nos dirigimos a comprar las entradas. Como el dinero lo tenía Susana, nuestro guía, Swakin, nos prestó 40 libras egipcias. Con ellas en mano, fuimos hacia la entrada, situada en el suelo, a unos treinta metros de la cara norte de la pirámide. No es la única entrada: existe otra en el mismo lateral, ambas fruto de los cambios realizados durante su construcción.

 

Tras entrar, y precedidos por una agradable pareja de Madrid con la que tuvimos trato durante las vacaciones —y que desistió a los diez metros—, nos enfrentamos a un pasaje descendente de unos 150 cm de altura y un metro de ancho. El corredor era realmente claustrofóbico, con una atmósfera enrarecida. Circulábamos en dos filas: una descendente y otra de gente que regresaba.

 

Descendimos totalmente encorvados, a ratos de cuclillas, unos 50 metros, hasta alcanzar otro corredor horizontal, algo más alto. A nuestra izquierda se abría una pequeña cámara destinada al ajuar funerario. Continuamos, pero esta vez en ascenso y en plena oscuridad, aún más encorvados, unos 60 metros hasta desembocar en la cámara funeraria. Esta se encuentra excavada en la roca madre, salvo el techo, formado por dos enormes losas de caliza a dos aguas. Es una sala rectangular, de considerables dimensiones y orientada de este a oeste. Sus paredes muestran un aspecto rudimentario y poco acabado, además de una inscripción realizada en 1818 por el primer arqueólogo que penetró en ella. En la pared este vimos el sarcófago —vacío— de granito negro, medio incrustado en el suelo.

 

Regresamos por el mismo corredor, muy contentos de haber estado allí, no por lo que había dentro, sino por la sensación de haber penetrado en un lugar sagrado, de otro tiempo, donde la vida y la muerte tenían otro significado. Ya en el autobús, donde Susana nos esperaba, nos dirigimos a la Esfinge, situada a los pies de la pirámide. Aparcamos y nos bajamos para hacer cola. Había mucha gente: turistas de distintos lugares y estilos de vida. Nos llamó la atención un nutrido grupo de pakistaníes con coloristas atuendos que se fotografiaban tras su visita. Nosotros aún íbamos a entrar.







Tras cruzar la reja y pasar el control policial, avanzamos por una pasarela de madera hacia el Templo de la Esfinge y la propia Esfinge. Entramos en el templo, situado frente a ella, y vimos que solo se conservan los muros laterales y algunas salas techadas. Construido en tiempos de Kefrén, pudimos apreciar el detalle con que estaban asentados los grandes bloques de granito traídos de Asuán, sin mortero. Al atravesarlo llegamos al que quizá sea el monumento más fotografiado de Egipto y que, sinceramente, supuso la única decepción del viaje. La restauración a la que fue sometida no fue precisamente respetuosa: el cemento fue el material primordial, restándole parte de la magia y el halo que rodea al mundo faraónico. Aun así la miramos, la fotografiamos y nos fotografiamos con ella.

 

La Esfinge (hacia 2.300 a. C.), con sus 57 metros de largo, representa a un león con cabeza humana —probablemente la del faraón Kefrén—, tocado con el nemes y el ureo, y con una estela de Tutmosis IV entre sus garras. En el rostro observamos los daños causados por los soldados de los sultanes árabes en sus prácticas de tiro hace siglos. También vimos cómo todo el recinto estaba vallado, separando a los turistas de los niños que intentaban vender recuerdos desde el otro lado. Llamaba la atención cómo colaban sus pequeños brazos entre los barrotes y cómo nos reclamaban con voces firmes e inocentes.







Dejamos atrás la Esfinge, el guardián de Guiza, para ir a comer. Almorzamos en un restaurante más que decente antes de continuar con nuestro día dedicado al descubrimiento de pirámides. Nuestra próxima visita sería el Conjunto Funerario de Saqqara y la ciudad de Menfis.

 

Salimos hacia Saqqara, situada a unos 20 km de Giza, acompañados por un día tan caluroso como el de la mañana, circulando por una carretera pésima. Desde las ventanillas veíamos los campos cultivados y a los agricultores trabajando afanosamente. Estos mismos recolectarían después los productos y los llevarían a vender a la ciudad, utilizando para ello sus burros —imprescindibles y numerosísimos— que veíamos por todas partes. Llegamos a Saqqara a las tres de la tarde y, después de aparcar en una zona completamente vacía, nos dirigimos hacia la Mastaba de Mereruka, situada junto a la pirámide de Teti, la más septentrional de las pirámides reales de Saqqara. Según nos dijo Swakin —que confesó tener una debilidad especial por este lugar—, el sacerdote Mereruka tenía gran influencia y poder durante el reinado del faraón Teti, primer faraón de la VI dinastía. La mastaba, próxima al conjunto funerario de Zoser, es un edificio de una planta dividido en numerosas salas, la mayoría de ellas decoradas con maravillosos relieves que reflejan momentos cotidianos de la vida del sacerdote, de su esposa y de su hijo, así como escenas costumbristas de la época: agricultura, caza, celebraciones, ofrendas, pesca, cuidado de animales…






En la sala “de las ofrendas”, la mayor de todas, vimos seis columnas distribuidas por el recinto y una puerta falsa por donde, según las creencias de la época, salía el ka del difunto a recoger los alimentos dejados por sus familiares. Estas ofrendas, inicialmente reales, acabaron siendo representadas en la piedra. El sacerdote fue enterrado en una cámara funeraria situada a unos 25 metros bajo nuestros pies, a la que se accedía por un pozo cuadrado que llegó a ser cubierto de arena para evitar saqueos. Permanecimos allí unos veinte minutos, escuchando las explicaciones de Swakin y admirando el perfecto estado de conservación de algunos relieves.

 

Poco después salimos de la mastaba y nos dirigimos hacia la pirámide escalonada de Zoser (siglo XXVII a. C.). El conjunto funerario está rodeado por una muralla rectangular de notable altura con 14 puertas. Entramos por una de ellas, situada cerca de un ángulo de la muralla y custodiada por dos egipcios con la típica indumentaria y aspecto agotado —diría que a punto de caer en una siesta si estuviéramos en España—. Tras cruzar el umbral, nos encontramos con una larga columnata formada por dos filas de veinte columnas fasciculadas, quizá las únicas conservadas del arte egipcio. Avanzamos entre ellas hasta desembocar en un amplio patio, en cuyo centro pudimos ver la pirámide escalonada. Conviene mencionar que en Saqqara, durante la III dinastía, comenzó una nueva práctica funeraria: combinar la tumba y el recinto mortuorio en un complejo formado por una pirámide colosal rodeada por muros ceremoniales.





Recorrimos el patio, caminando sobre una arena blanca y suave, hasta situarnos en su punto más central, frente a la pirámide. Swakin nos explicó que inicialmente era una gran mastaba que, años después, fue ampliada hasta alcanzar su forma actual. Su construcción fue emprendida en tiempos del faraón Zoser por Imhotep, sacerdote, arquitecto, escriba y médico de gran influencia. Esta particular pirámide rectangular (121 × 109 metros y 59 metros de altura) tiene el honor de ser la primera destinada a albergar los restos de un faraón. Está formada por seis niveles, siendo el último plano.

 

Desde el patio, mirando hacia la pirámide, podíamos ver a la derecha los restos arqueológicos de un templo, así como las capillas y el patio de Heb-Sed, mientras que a la izquierda se encontraba el Complejo Funerario de Dyoser, del que apenas quedan vestigios. Nos giramos, dejamos la pirámide atrás y ascendimos por unas escaleras erosionadas hacia unos restos. Nos llamó la atención un famélico perro con sus cachorros, con los que jugaban algunos turistas, así como un curioso pozo con escaleras que, según nuestro guía, conducía antiguamente a una cámara sepulcral subterránea. Tras el entierro, el pozo se cubría de arena para impedir el acceso a saqueadores.



Al subir, llegamos a una plataforma donde, junto a dos egipcios y su burro, pudimos divisar a lo lejos, hacia el sur, en Dashur, la Pirámide Roja y la Pirámide Romboidal. Más cerca estaban los restos del complejo funerario del Horus Sejemjet, las tumbas de la dinastía XXVI, etc. Una de las más próximas es la Pirámide de Unas, una de las primeras donde se descubrieron los Textos de las Pirámides. Hoy sus restos están muy deteriorados, semejando un montón de piedras desperdigadas. Volvimos al patio para rodear la pirámide por la izquierda. En este trayecto, Elba aprovechó para recoger un poco de arena en una bolsa de chucherías como recuerdo, gesto que pronto imitaron otros miembros del grupo.


Nos acercamos a la pirámide y pudimos ver claramente la disposición de los erosionados bloques. Pasamos por unas antiguas viviendas y llegamos al Serdab, sala destinada a contener estatuas funerarias. A través de unos orificios se podía ver el busto del rey Zoser. Resultó ser una réplica, pues el original está en el Museo Egipcio. Estos orificios permitían al ka de la estatua comunicarse con la sala de ofrendas. Permanecimos unos minutos observando los restos del complejo. Según Swakin, en el interior de la pirámide —considerando que en origen era una mastaba— existían varios corredores, cámaras y salas funerarias. Regresamos al autobús por el Heb-Sed, admirando algunas capillas interesantes, antes de cruzar de nuevo la galería de columnas.


En el exterior nos esperaba nuestro vehículo, al que subimos con intención de dirigirnos a Menfis para visitar el museo al aire libre.

 

La ciudad de Menfis fue la capital del Imperio Antiguo y, por tanto, centro administrativo, político y religioso. Llegó a ser uno de los centros de poder más importantes del Egipto antiguo, tanto por su posición estratégica como por su relevancia económica. Solo Tebas, más al sur, alcanzó su importancia religiosa, económica y política. En Menfis se encontraban las residencias reales, palacios, un importante puerto y talleres artesanales con gran papel en el comercio exterior. Su declive llegó con el ocaso de la antigua civilización egipcia. Económicamente perdió importancia frente a Alejandría y religiosamente cuando el emperador Teodosio (379–395) instauró el cristianismo como religión oficial del Imperio Romano. Su final llegó en el año 641 cuando el conquistador musulmán Amr Ibn al-As fundó la nueva capital, Fustat, al sur del actual El Cairo. Actualmente apenas se conservan restos debido a las crecidas del Nilo.







El trayecto desde Saqqara a Menfis es corto, por lo que pronto estábamos ante el museo al aire libre. Entramos y comprobamos que se asemejaba más a un jardín que a un museo. Caminamos tranquilamente disfrutando de la sombra de las palmeras, de las flores coloristas y de la brisa. Vimos algunas estatuas, sarcófagos y estelas que parecían observarnos en silencio, guardando los secretos de la antigua Menfis. Nos llamó la atención una esfinge de alabastro de 4 metros de altura y 8 de longitud, situada en la zona central del jardín, posiblemente dedicada a Hatshepsut o a Amenhotep. Tras descansar un rato a la sombra, nos dirigimos al único recinto techado, donde se encuentra el coloso de Ramsés II. Nada más entrar contemplamos su impresionante figura tendida sobre el suelo alicatado. La estatua medía originalmente 13 metros, aunque ahora es algo más pequeña por la pérdida de la parte inferior de las piernas. Su nombre aparece grabado en el pecho, el cinturón y el hombro derecho, algo que apreciamos perfectamente desde el segundo nivel, con una vista privilegiada.

 

Poco después subimos al autobús rumbo a El Cairo. Durante el trayecto observé con atención lo que se veía por las ventanillas: la pobreza, la explotación de las tierras, los canales que nacían del Nilo y la suciedad que contenían, los pequeños y sufridos burros. Ya en El Cairo, los tristes y míseros barrios circundantes formados por edificios de ladrillo sin planificación, calles sin servicios de abastecimiento ni saneamiento…

 

Llegamos al hotel agotados. Bajamos a cenar una comida ligera en una especie de cafetería o self-service donde tomamos una ensalada y unos bocadillos antes de acostarnos, no sin antes darnos una reconfortante y fresca ducha. Los días y las excursiones empezaban a dejar huella en nuestras piernas, sumado a un pertinaz sol que había caído sin piedad durante toda la jornada. Susana empezó a mostrar síntomas evidentes de fiebre y malestar, reflejo del castigo de ese sol egipcio, del que ya no se recuperaría del todo hasta regresar a casa. Esa noche comenzó su particular “vía crucis”, pero es justo decir que sus ganas de ver y conocer eran más fuertes que la gripe, de modo que afrontaría los días restantes con gran ilusión.

 

Tardé muy poco en dormirme, cansado y feliz de estar allí. Al día siguiente nos tocaría abandonar el mundo de los “egipcios” para adentrarnos en el de los “musulmanes”. Por la mañana visitaríamos la Ciudadela y dedicaríamos la tarde —la mayor parte de ella— al Museo Egipcio. Pero ahora tocaba dormir, y eso fue exactamente lo que hice, pues Susana llevaba ya unos minutos descansando.




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